Probar la gastronomía local forma parte de viajar. Un mercado, un restaurante recomendado, comida callejera o ese plato que solo puedes probar en el destino pueden terminar siendo algunos de los mejores recuerdos del viaje.
Pero también existe otra posibilidad: unas horas después empiezan las náuseas, el dolor abdominal o la diarrea y, de repente, el itinerario deja de importar.
Una intoxicación alimentaria puede pasar de ser una molestia a convertirse en un verdadero problema de viaje en muy poco tiempo, especialmente cuando estás lejos de casa, no conoces el sistema sanitario local y tienes vuelos, excursiones o traslados programados.
La mayoría de los episodios son leves y mejoran sin complicaciones importantes. El problema está en saber cuándo puedes simplemente descansar, cuándo debes prestar más atención y cuándo es momento de buscar ayuda médica.
¿Qué entendemos por intoxicación alimentaria?
Lo que normalmente llamamos intoxicación alimentaria puede estar provocado por diferentes bacterias, virus, parásitos o toxinas presentes en alimentos o bebidas contaminados.
Por eso no existe una única forma de presentación.
Los síntomas más habituales incluyen diarrea, náuseas, vómitos, dolor o cólicos abdominales y, en algunos casos, fiebre. Dependiendo del microorganismo responsable, pueden aparecer pocas horas después de haber comido o tardar varios días.
Esto también significa que el último restaurante donde comiste no siempre es necesariamente el responsable.
Cuando empiezan los síntomas durante un viaje, es fácil señalar inmediatamente la cena de la noche anterior. Sin embargo, algunas infecciones transmitidas por alimentos tienen periodos de incubación más largos.
El mayor riesgo durante las primeras horas: la deshidratación
Cuando existen vómitos y diarrea, el cuerpo pierde líquidos con rapidez.
En un viaje esto puede complicarse todavía más por el calor, las caminatas, el consumo de alcohol, vuelos largos o simplemente porque el viajero continúa intentando mantener el itinerario previsto.
Por eso una de las primeras prioridades debería ser reponer líquidos.
Si existe náusea, suele resultar más fácil beber pequeñas cantidades con frecuencia que intentar tomar grandes vasos de una sola vez. Las soluciones de rehidratación oral también pueden ser útiles porque ayudan a reemplazar líquidos y electrolitos perdidos.
Y aquí aparece un error frecuente: intentar seguir el ritmo normal del viaje.
Si tu cuerpo está pidiendo descanso, probablemente no sea el mejor momento para una excursión de seis horas, una caminata bajo el sol o una noche de fiesta.

¿Hay que dejar de comer?
No necesariamente.
Durante las primeras horas puede que simplemente no tengas apetito. Cuando empieces a sentirte mejor, puedes volver a comer progresivamente según lo toleres.
Suelen resultar más fáciles los alimentos sencillos y poco grasos, mientras que comidas muy pesadas, picantes o grandes cantidades de alcohol pueden empeorar el malestar.
Lo importante no es obligarte a comer.
Es evitar la deshidratación y observar cómo evoluciona tu estado general.
¿Cuándo deja de ser simplemente “algo que me cayó mal”?
Esta es probablemente la pregunta más importante.
Una intoxicación alimentaria leve puede provocar un día bastante desagradable sin convertirse en una emergencia médica.
Pero determinados síntomas justifican buscar atención.
Entre las señales de alerta se encuentran la presencia de sangre en las heces, vómitos frecuentes que impiden mantener líquidos, signos importantes de deshidratación, fiebre elevada o diarrea que persiste durante varios días. Mareos al ponerse de pie, boca muy seca o una reducción notable de la cantidad de orina también pueden indicar deshidratación.
También conviene tener un umbral más bajo para consultar cuando se trata de niños pequeños, adultos mayores, personas embarazadas o viajeros con determinadas enfermedades o un sistema inmunitario debilitado, ya que algunos grupos presentan mayor riesgo de desarrollar complicaciones.
Si estás viajando, no esperes a estar muy mal para pedir orientación
Una de las ventajas de contar con asistencia al viajero es precisamente no tener que decidir solo dónde acudir.
Cuando estás en tu ciudad probablemente sabes qué hospital utilizar, qué farmacia tienes cerca o a quién llamar.
En otro país puede ser completamente diferente.
Si los síntomas empiezan a preocupar, contactar con tu central de asistencia puede ayudarte a localizar un centro adecuado y conocer los pasos que debes seguir según tu plan.
Esto puede evitar algo bastante habitual: buscar en internet “hospital cerca de mí” y terminar directamente en un centro privado sin saber cómo funciona el sistema sanitario del país, qué documentación necesitarás o cómo se gestionará el pago.
Cuidado con automedicarte
Cuando estás de vacaciones existe cierta tendencia a buscar una farmacia, comprar algo para “cortar” rápidamente la diarrea o tomar medicamentos que ya utilizaste en otra ocasión.
Pero no todas las gastroenteritis necesitan el mismo tratamiento.
Los antibióticos, por ejemplo, no son apropiados para todas las causas de diarrea y deberían utilizarse únicamente cuando un profesional los considere necesarios.
Incluso los medicamentos utilizados para disminuir la diarrea pueden no ser recomendables en determinadas situaciones, especialmente si existen otros síntomas importantes.
Si el cuadro es intenso o tienes dudas, lo más prudente es recibir orientación profesional antes de intentar solucionar el problema únicamente con medicamentos.

Una intoxicación también puede afectar el resto del viaje
El problema no siempre termina en los síntomas.
Imagina que mañana tienes:
- un vuelo internacional;
- un traslado de varias horas;
- una excursión ya pagada;
- un crucero que sale del puerto;
- o el check-out del hotel.
De repente tienes que decidir si realmente puedes continuar con el itinerario.
Si recibes atención médica, guarda todos los informes, recetas, facturas y comprobantes. Si el médico considera que no debes viajar temporalmente, solicita también documentación que lo indique claramente.
Puede resultar importante si posteriormente necesitas justificar cambios relacionados con vuelos, alojamiento u otros servicios.
¿Y si tienes un vuelo ese mismo día?
Depende de cómo te encuentres.
Un episodio leve que ya está mejorando puede ser simplemente incómodo. Pero viajar con vómitos frecuentes, diarrea intensa o signos de deshidratación puede ser una experiencia muy diferente.
Además de tu estado físico, debes considerar aspectos bastante prácticos: varias horas sin acceso inmediato a un baño, largas filas, controles migratorios, traslados dentro del aeropuerto y la posibilidad de empeorar durante el vuelo.
Si has necesitado atención médica y existe alguna duda sobre tu capacidad para viajar, consulta antes de dirigirte al aeropuerto.
Forzarte a tomar un vuelo únicamente porque “ya está pagado” puede convertir un problema manejable en una situación mucho más complicada.
Cómo reducir el riesgo sin dejar de disfrutar la gastronomía del destino
Viajar no significa tener que desconfiar de cada plato.
Pero algunas precauciones sencillas pueden reducir considerablemente el riesgo.
Presta atención a que carnes, aves, pescados, mariscos y huevos estén adecuadamente cocinados. Ten mayor precaución con alimentos crudos o poco cocinados, productos no pasteurizados y alimentos que parecen haber permanecido demasiado tiempo sin una refrigeración adecuada.
La higiene también importa.
Un restaurante elegante no garantiza automáticamente una manipulación perfecta y un puesto callejero concurrido no significa necesariamente que sea inseguro. Más útil que juzgar por apariencia es observar aspectos como la limpieza, la rotación de alimentos y si los productos que deberían mantenerse calientes o fríos realmente lo están.
En destinos donde existen dudas sobre la calidad del agua, conviene además comprobar las recomendaciones específicas antes de beber agua del grifo o consumir hielo.
Comer local también puede hacerse con sentido común
Uno de los peores consejos sería viajar con miedo a probar cosas nuevas.
La gastronomía forma parte de conocer un lugar.
La idea no es evitar los mercados, la comida callejera o los restaurantes locales, sino tomar decisiones razonables.
Un establecimiento muy concurrido suele tener mayor rotación de producto. Una comida preparada en el momento generalmente ofrece más garantías que algo que lleva horas expuesto. Y cuando existen recomendaciones sanitarias específicas para un destino, vale la pena conocerlas antes de llegar.
La prevención no debería quitarle espontaneidad al viaje.
Debería ayudarte a disfrutarlo con menos riesgos.
Si te ocurre, piensa primero en tu salud y después en el itinerario
Una intoxicación alimentaria puede parecer un problema menor hasta que aparece en medio de unas vacaciones.
Cuando eso ocurre, es fácil preocuparse primero por la excursión que vas a perder, el restaurante reservado o el vuelo del día siguiente.
Pero el orden debería ser el contrario.
Hidrátate, descansa, vigila la evolución de los síntomas y solicita orientación médica cuando sea necesario.
Los planes pueden reorganizarse.
Una complicación de salud lejos de casa puede resultar mucho más difícil de gestionar.
Viajar preparado también significa saber qué hacer cuando algo no sale como esperabas
No podemos controlar absolutamente todo lo que comemos durante un viaje ni eliminar por completo el riesgo de enfermarnos.
Sí podemos saber cómo actuar.
En Angel Guard Assist, acompañamos a nuestros viajeros cuando una enfermedad o emergencia médica aparece lejos de casa, ayudándoles a encontrar la atención que necesitan según las condiciones de su asistencia.
Porque descubrir nuevos sabores debería formar parte del viaje.
Pasar horas intentando averiguar dónde recibir atención médica no. Viaja protegido, viaja seguro con Angel Guard

